domingo, diciembre 17, 2017

Humor político de César Reynel Aguilera: Invitación a un tratado sobre la palabra más usada por los cubanos


Invitación a un tratado

Por César Reynel Aguilera
Diciembre 15 de 2017

Estoy convencido de que cualquier cubano podría escribir una enjundiosa tesis de doctorado sobre el tema de la comemierdería. De hecho, me sorprende que hasta ahora, y hasta donde sé, a ninguno se le haya ocurrido hacerlo.

Para empezar, podría dedicarse ese cubano —en los primeros párrafos de su tesis— a enmendarle la plana a la sacrosanta y Real Academia Española; porque dice el diccionario de esa institución, después de indicar que comemierda es una palabra vulgar, que la aceptada acepción de la misma es una persona despreciable.

La Real Academia no explica el porqué de ese desprecio; aunque es fácil inferir, a partir de la presencia de la palabra mierda en la segunda mitad de la comemierdería, que el desprecio tiene que ver con el absurdo de que a alguien se le ocurra deglutir excrementos.

Yo no sé para el resto de los hispanoparlantes, pero en Cuba la acepción correcta de la palabra comemierda es la búsqueda activa y constante de la imbecilidad, es el trabajo fuerte e incesante para alcanzar las cotas más altas de la estupidez humana. De hecho, el chiste más famoso entre los cubanos sobre ese tema es el de un tipo que es tan comemierda que va al campeonato mundial de esa actividad y pierde la medalla de oro… por comemierda.

Si usamos como referencia el trabajo del ilustre antropólogo cubano Guillermo Álvarez Guedes podemos observar que en muchos países hispanoparlantes los sinónimos de la palabra comemierda son términos pasivos. Huevón, en Venezuela y en Chile; Boludo o Pelotudo, en la Argentina y en Uruguay; Gilipollas en España y ahuevado en Panamá indican más en el sentido de una posesión pasiva que en el de una búsqueda activa y constante.

En Cuba, sin embargo, la verdadera raíz de la palabra comemierda está relacionada con el cotidiano acto de comer. Un proceso activo en el que casi siempre nos vemos obligados a utilizar los dos músculos más poderosos del cuerpo humano: los maseteros. De esa forma, para los cubanos la comemierdería es un trabajo muy duro y de 24 por 7. Es el incesante currar de los bobos que buscan ser cada vez más bobos.

Si la Real Academia quisiera hacerle honor a la verdad debería incluir en su diccionario que un comemierda es un trabajador activo en el viejo oficio de la estupidez humana. Si la Real Academia quisiera, además, ayudar a la erradicación del sexismo debería proponer que su filial cubana cambie el término por comemierdo. Porque, ¿por qué mierda tiene que ser una palabra femenina? Con tantos comemierdos como hay.

(Viñeta añadida por el Bloguista de Baracutey Cubano)

Cualquier lector un poco comemierda podría pensar que lo hasta aquí expresado es algo risible, poco importante y hasta despreciable. La realidad, por desgracia, es bien distinta. El hecho de que la comemierdería sea un trabajo implica que estamos asistiendo a la confluencia de un grupo de perturbaciones que, una vez mezcladas, darán lugar —o ya lo están haciendo— a eso que llamamos una tormenta perfecta.

Uno de los elementos básicos de la famosa Ética Protestante es el culto al trabajo, y los Estados Unidos de Norteamérica son, ya sabemos, un país esencialmente protestante. Para los americanos el trabajo es tan importante, o más, que el sexo para los cubanos. Es por eso que en los últimos 200 años no ha existido una nación en este mundo con una productividad más alta que la de los EE UU. A esa virtud hay que sumarle el hecho de que en las últimas décadas ese país ha sido invadidos por millones de cubanos. Un grupo de personas que, entre otras cosas, es portador de la asombrosa idea de que los seres humanos pueden trabajar con ahínco y dedicación para ser cada vez más imbéciles.

Esa combinación, ya de por sí extraordinariamente peligrosa, aumenta cuando le añadimos la particularidad de que el capitalismo carece, a pesar de ser una palabra que termina en ismo, de una ideología única y rectora. Quizás sea por eso que porro a porro, o parra a parra, y una vez más por culpa de los cubanos, los estadounidenses se hayan enfrascado en la colosal tarea de trabajar sin descanso, como solo ellos saben hacerlo, para inventarse una ideología: el comemierdismo.

No se puede negar que cuando los gringos se ponen para algo no pasa mucho tiempo antes de que llegue el asombro. En unas escasas décadas los EE UU no solo fueron capaces de inventarse su propia ideología, sino que alcanzaron a crear algo que es nuevo en la Historia de la humanidad. El comemierdismo es la única ideología en la larga vida de este planeta que puede ser utilizada, con la misma eficiencia, por bandos radicalmente opuestos. Donde el marxismo y el fascismo, o el materialismo y el idealismo, solo pudieron aspirar a la mitad de los mercados el comemierdismo se presentó como una oferta igualmente tentadora para todos los compradores. Eso es, sencillamente, genial.

Y es así como año tras año las facultades de ciencias sociales y estudios liberales de las grandes universidades de los EE UU gradúan miles y miles de jóvenes que saben una mierda de matemáticas, que ignoran las leyes básicas del universo en que viven, que dicen haber leído a Marx, pero no lo entendieron, y que salen convencidos, después de graduarse, de ser los más indicados para dictarle a su país, y al mundo, las nuevas, sagradas e inobjetables leyes del comemierdismo.

Mientras eso sucede una cantidad similar de facultades de ciencias sociales y estudios religiosos gradúan a miles y miles de jóvenes que saben una mierda de matemáticas, que ignoran las leyes básicas del universo en que viven, que nunca leyeron ni leerán a Marx, y que salen convencidos, después de graduarse, de ser los más indicados para dictarle a su país, y al mundo, las nuevas, sagradas e inobjetables leyes del comemierdismo.

Unos creen, por ejemplo, que los EE UU tienen la obligación, a pesar de carecer de una imperiosa necesidad demográfica, de abrirle las puertas, con escasa selectividad, a cuanto inmigrante se le ocurra venir a ese país, sobre todo si arriban de regiones de este mundo que muestran entre los elementos esenciales de sus culturas un odio visceral hacia los EE UU. Los otros creen que esas puertas deben estar cerradas a cal y canto, porque va en contra de la ley de Dios que un científico chileno pueda valer más, desde el punto de vista social, que un alcohólico nacido en Kentucky que suspendió el examen noveno grado.

Igual, unos creen que una persona de origen caucásico que escribe sobre los habitantes del Polo Norte es un supremacista blanco que está practicando el deleznable crimen de la apropiación cultural. Eso, claro está, sin recordar que el 100% de los libros que estudiaron sobre la llamada revolución cubana, cuando pasaron por las elitistas academias liberales, fueron escritos por autores blancos y gringos (o por esos semigringos que ellos llaman cubanoamericanos). Los otros, por su lado, consideran que los habitantes del Polo Norte no merecen que alguien escriba un libro sobre ellos, porque Dios les dio mucha nieve y nunca aprendieron a exportarla.

La lista de ejemplos sería casi infinita. El comemierdismo ha arraigado tanto en los EE UU que las personas inteligentes de ese país, que todavía existen, se han visto obligadas a desarrollar una estrategia de sobrevivencia que es un poco comemierda: apuntarse a la comemierdería de un bando, hoy, y mañana a la del otro. El resultado de todo eso es un estado de confusión constante en el que resulta muy difícil no ya averiguar la verdad, sino incluso llegar a creer que esta existe.

Para los cubanos, por suerte, la orientación dentro de ese maremágnum escatológico es mucho más fácil. Un cubano —que no sea un tronco de comemierda— solo tiene que escuchar a un gringo hablar sobre el castrismo para saber si está practicando, o no, el comemierdismo. Si ese gringo cree que en Cuba la revuelta castrista trajo algo bueno para los cubanos, que Batista fue peor que Fidel Castro, que el embargo tiene que ver con la pobreza del país, o que la transición del poder dinástico hacia los vástagos de Raúl Castro es lo mejor que le puede suceder a Cuba, la cosa está clara. Ese gringo es un gourmet que está masticando mierda a carrillos llenos y comisuras goteantes.

El diagnóstico se hace un poco más difícil cuando el que habla sobre el castrismo es un latinoamericano. La inmensa mayoría de ellos lo hacen sin sospechar que hace ya muchos años que el imperialismo estadounidense renunció a la exportación de capitales, para dejársela a los comunistas chinos, y pasó a exportar el comemierdismo.

Cuando un latinoamericano dedica sus esfuerzos intelectuales a defender al castrismo, desde un odio visceral hacia los EE UU, lo hace sin sospechar algo: la inmensa mayoría de las balas ideológicas que se disparan en este mundo contra ese país tienen, en alguna parte de su hechura, el sello Made in USA.

En realidad, el comemierdismo es la gran penetración ideológica de los EE UU en Latinoamérica y en el mundo. Su origen son esos grupos que han convertido en parte esencial de sus egos los mitos de la maldad intrínseca de los Estados Unidos de Norteamérica, o la certeza de que ese es el verdadero pueblo elegido de Dios. Cuando un intelectual latinoamericano se apunta a cualquiera de esas dos variantes —aunque justo es reconocer que casi siempre prefieren la primera— lo hacen sin sospechar que están siendo víctimas de esa subalternidad cultural que tanto denuncian y dicen detestar.

Al mismo tiempo, cuando un intelectual latinoamericano defiende a Fidel Castro, aunque sea para practicar su odio contra los EE UU, lo hace sin sospechar que una buena parte de la depresión psicológica que presentó el déspota cubano, después de haber sufrido una obstrucción intestinal, tuvo con ver con uno de los tantos motes que le endilgaron los cubanos. Algunos le llamaron El Contorsionista, porque había convertido en arte la posibilidad de comerse su propia mierda.